"¡No me lo puedo creer! Hay vecinos nuevos, se mudaron hace ya un tiempo por lo que parece, es increible que haya gente nueva en este bloque de pisos, pensé que ya no existía ningún piso libre, que estaban todos ocupados." - Me decía en semi-euforia a mi mismo a medida que entraba por el portal con mi madre, ibamos a saludar a los nuevos inquilinos, joder, no siempre se ven caras nuevas por aquí, ni siquiera sabía de la existencia de esa familia, nunca nadie antes había hablado de ellos en la comunidad, ni tampoco los habíamos visto nunca, ergo, mi madre decidió ir a visitarles, a saludarles como buena mujer que es, y yo decidí acompañarla, tanto tiempo en una habitación estando enfermo de gripe me agobia, y ya que estoy bien pues mejor no dejar a la mujer sola, siempre es agradable tener algo de compañía, aunque sea la mía.
( Ah, por cierto, así como dato interesante, me llamo Xisco, 16 años, vivo en un pueblecito casi en el centro de una isla llamada Mallorca, resido en el nº56 de una calle alejada del centro, primer piso, comparto terraza con un cabeza de familia muy amable, Rafa, vive en el lado derecho del patio trasero, después de una pared en la cual, solo levantando un poco la cabeza, puedo ver por encima y saludar al hombre que reside la vivienda.)
Entramos hasta el final del pasillo del entresuelo, pasando de largo una puerta rústica de acceso al garaje y un pequeño cuadro de contadores tapado por un trozo de madera , hasta llegar a tres escalones, que daban paso al frente a una puerta de lo que parece ser una vivienda sin dueño, no hay señales de ningún cartel indicador, ni nada, seguimos andando, despues de pasar otros tres escalones que continuaban a los anteriores, y daban, de nuevo, a otra puerta sin dueño, pensé que era un tanto extraño, pero tampoco me paré a pensarlo mucho ya que el peso que el ambiente lúgrube de aquellas escaleras ponía sobre mis hombros tampoco me dejaba pensar, sorprendentemente no había ningún interruptor para encender ninguna luz, tampoco había lámparas en las paredes, lo único que las iluminaba era la luz que atravesaba el cristal de la puerta por la que entramos, seguimos andando un poquito más.
Pasados varios interminables minutos de subir, y subir, llegamos al primero piso, no entiendo como nos pudo costar tanto esfuerzo llegar hasta allí, tal vez fuera el peso sobre los hombros que nos propinaba esa tétrica semioscuridad. Como sea, el dedo de mi madre se apresuró impaciente a apretar el timbre de la puerta, que otra vez, no tenía ningún tipo de cartel que mostrara la identidad de sus dueños. Tras un sonido estridente y varios segundos después, una mujer, de aspecto fresco y agradable, con un vestido de campana color amarillo limón, nos abrió la puerta, a sus pies se encontraba un niñito de lo más adorable, saludándonos con la mirada al unisono que su madre, solo que ella, lo hacía con palabras, las cuales, ni siquiera recuerdo ahora mismo. Dimos un paso y atravesamos la línea que separaba las tinieblas que acabábamos de recorrer del ambiente agradable de esa casa.
No me lo podía creer, el piso, era exactamente clavado a la nuestro, a excepción de algunos detalles, un pasillo como entrada, a la derecha el comedor, al frente unas escaleras rojizas que llevaban al piso de arriba, y a la izquierda, el baño, la despensa, la cocina, y el acceso a la terraza, una parte de mi no cabía en su asombro, pero esa sensación de acogimiento me aislaba de cualquier pensamiento sospechoso, nos dirigimos al comedor por pura intuición, donde se hallaba la inquilina sentada sobre un sofá de forma muy elegante en aquel colorido comedor, estando allí era como sentir que fuera Navidad de nuevo. El niño estaba jugueteando en el suelo cerca de una mesa puesta en vertical a lo largo del comedor, al contrario de la que tenemos en nuestra casa, sobre la mesa había una lámpara un tanto extraña, que no pegaba del todo con el entorno, pero que aún así encajaba perfectamente.
Estuvimos hablando con la madre del pequeño, bueno, mi madre estuvo, largo y tendido, yo solo era un florero de 1'90 que paseaba su mirada por el comedor, mirando de vez en cuando hablar a la mujer. Por lo que recuerdo, a medida que pasaba el tiempo, notaba algo, en esa mujer había algo extraño y en esa casa también, algo se sentía mal, no sé de donde venía esa sensación, pero, algo no iba bien. Tal vez fuera el ambiente lúgrube que venía del piso de arriba, o la blanquecina de la cocina que se veía desde el comedor que quedaba fuera de lugar, pero algo no iba bien, a medida que pasaban los minutos notaba como esa sensación de calidez, felicidad, y frescura que desprendía la casa desaparecía y dejaba ver sus verdaderos colores, esa mujer no era quien decía ser, todo poco a poco empezaba a no tener sentido, el orden que había en la sala, el color de las paredes, el ambiente, todo parecía calculado fríamente para que nos sintieramos a gusto, algo no iba bien, nada bien, entonces, alcé mi mirada sumergida en horror la cual se encontró con la de la mujer, la cual era vacía, y fría.
De pronto, un olor extraño y nauseabundo invadió mis fosas nasales, y, eventualmente y en cuestión de milésimas, también invadió mi cabeza. Todo se volvió negro.
[...]
Desperté en la despensa, sobre un montón de palos de fregona y mochos azules, me sentía confuso, mi mente no recordaba nada de lo que había pasado, sólo el vacío que residía en los ojos de quien nos dio la bienvenida a su casa.
Me levanté.
Mi madre estaba junto a la puerta de la pequeña habitación en la que desperté, estaba de pie, con las manos juntas pegadas en el centro del pecho y los dedos semientrelazados, mirándome, sumida en el más profundo horror, ese lugar ya no era como nos recibió, las paredes eran blancas, las habitaciones que alcanzaban ser vistas parecían haber sido pintadas con el más lóbrego tono de oscuridad, dirigí mi mirada sobre el hombro de mi madre, poco más allá de la puerta de entrada yacía de pie una mujer con un vestido de campana amarillo limón, con una venda alrededor de su cabeza, con la zona del rostro hundida y ensangrentada, cogí a mi madre de la mano por intuición y comencé a andar lentamente hacia atrás, ella no miró atrás, sabía quien estaba ahí. La cocina estaba semi iluminada, una cocina cuales encimeras ensangrentadas formaban un cuadrado sobre aquel suelo rojizo el cual albergaba trozos de carne desgarrada y putrefacta. Una parte de mi estaba sumida en pánico, corrí hacia el acceso a la terraza agarrando la mano interte pero viva de mi madre, pasamos una pequeña bugadería de mamparas opacasa, donde un termo de 100 litros y una lavadora miraban la sangre que reposaba delante de una gran cámara frigorífica albergadora de seguramente kilos y kilos de carne mutilada.
Atravesamos con puro pavor una cortina bermeja la cual tapaba el único espacio el cual no había sido obstruido por la opaca mampara y llegamos a la terraza que sorprendentemente, estaba limpia, las baldosas eran grises y blancas, los muros que separaban los distintos patios parecían una salvación, subí sobre el de la derecha que tenía un pequeño bordillo en el que apoyarse, en el que ayudé cogí la mano de mi madre apareció ella, mirandonos con las manos a sus lados sin mover un solo músculo, como si estuviera esperando a algo.
En un intento de desesperación tiré de mi madre y los dos caímos en la terraza adyacente a la de esa horrible vivienda de la que acabábamos de escapar, la cual estaba llena de macetas con plantas que nos aplaudian en silencio por haber salvado el pellejo.
Entonces, Rafa salió a la terraza en la que estabamos y nos dijo después de una corta risa :
"Los llaman la familia Insta, nadie sabe quién vive ahí, pero algo se cuece, se nota por el olor que desprende todas las noches."
Incorporándome, me quedé mirando la pared que acababa de salvarnos la vida, atónito, con una palidez más blanca de lo normal, sin poder creerlo.
Al volver a casa, desde ese día, todas las noches mi sueño se ve interrumpido cuando el reloj marca las 3:33 de la madrugada junto con una presencia abrumadora que se me clava en la nuca.