"No llegarás lejos."
Me dijo, después de rechazar su amor.
"No llegarás lejos"
Me dijo, la súcubo de blanco cabello y fina pero tentadora y seductora aura.
Y allí me planté, sin mediar palabra.
Pálido, como el más bello de los ángeles, con las pupilas dilatadas como el más oscuro de los pozos.
Sintiendo como mis pecados trepaban mi espalda mientras la más terrible de mis sombras se apoderaba de mis pensamientos.
Continuó mi vida.
Durante unos segundos.
Mientras corría por los pasillos oscuros de aquel antiguo poblado sumido en la calamidad más sangrienta y pestilente.
Sólo decorada por las ilusiones que ella, aquella bestia blanca, creaba.
Y corrí al ver aquello.
Corrí.
Corrí.
Y corrí.
Riendo y jadeando al ver lo que se devenía ante mis ojos.
Un mundo de blanca pureza y lujuria convertido en un terror antediluviano del más oscuro de los grises.
Hasta que me falló la consciencia.
Caí.
Sobre el duro y sucio cemento.
Viendo como aquel fantasma blanco se acercaba.
Lentamente.
Muy lento.
Oh, dios santo.
Fue una eternidad.
El más corto tiempo convertido en una sentencia demoníaca que ni la más robusta mente sería capaz de soportar.
Hasta que sólo unos pocos milímetros separaban mi rostro del suyo.
Ya no era un ángel.
Ya no era tentación.
Era miedo.
Un miedo de desencajada mandíbula y piel podrida.
Que ni mis dedos ni la más dura de las piedras de aquel camino de viejo pavimento podían tocar.
Y allí me planté.
Sentado.
Horripilado.
Secretamente fascinado por aquella magia conocida por aquellos hombres que no la pudieron contar.
No pude correr.
No pude huir.
No pude escapar.
Sus frías manos anclaron mi aliento.
Sus vacíos y oscuros ojos miraron mi alma.
Su helado aliento se volvió uno con el mío.
Y allí terminó todo.
Por favor, si alguien lee esto.
No vayáis tras la fina y brillante neblina.
No sigáis su rastro.
Allí solo encontraréis horror y manipulación.
Tras un manto de lujuria y perfección.
Con la muerte como único y sufrido final.
Es la súcubo blanca.
Pura y casta como la más bella de las novias.
Tan bonita que sólo las lenguas hablan de ella porque su belleza no puede medirse con la pluma.
Es el demonio más precioso que he visto jamás.
Y ha sido mi perdición.